lunes, 30 de mayo de 2011

Norte de Mallorca (II)









Sin darnos cuenta nos hemos plantado en el ecuador del viaje y tememos que la segunda parte de éste pase tan rápido como la primera. Sabíamos de antemano que se trataría de un periplo sencillo y agradable pero, estúpidos de nosotros, jamás hubiéramos apostado a que el norte de Mallorca sería capaz de ofrecernos unas jornadas de lo más fascinantes e inolvidables. Nuevamente comprobamos que para realizar un viaje que haga vibrar, que llegue al corazón, no hace falta trasladarse al otro extremo del mundo.
Gracias a la fuerte presión ejercida durante años por los grupos ecologistas la zona norte de la isla se halla en buen estado de salud, tanto sus espectaculres paisajes como sus entrañables localidades. El premio a todo ello se traduce no sólo en un medio ambiente excelentemente conservado, sino en el incremento del turismo de calidad que genera riqueza durante todo el año, y la posibilidad de que la Serra de Tramuntana sea declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
La combinación de mar y montaña es perfecta para todo aquel que sienta verdadera devoción por la naturaleza. Un buen ejemplo es la excurisión que va desde Port de Sóller a Cala Deià, a la vera del sosegado Mediterráneo y por encima de pequeños acantilados donde finalizan densas pinedas, aunque también descubriremos la Mallorca profunda, la rural, la de los olivos, naranjos y almendros, esa misma que ha atraído a extranjeros acaudalados (pintores, escritores, actores...) hasta el punto de instalarse para siempre en Llucalcari, Deià o Valldemossa.
Y hablando de esta última población, célebre donde las haya, reducto de Chopin y nirvana particular del archiduque Luis Salvador (precursor del turismo en las Baleares), se trata de un magnífico punto de partida para situarnos en lo alto de la sierra calcárea por medio de abruptas crestas y miradores naturales que se alzan cuatrocientos metros en vertical sobre el mar. Las cumbres de Talaia Vella, Pouet, Puig Gros o del Teix son de visita obligada para acabar de convencernos de que el paraíso puede encontrarse a las puertas de casa.

martes, 5 de abril de 2011

Ochenta y uno


"Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad."
(Julio Verne)

foto: Noto (Sicilia)

Tierra del Fuego







El mero hecho de pronunciar Tierra del Fuego ya produce un hormigueo de pies a cabeza. Tierra del Fuego equivale a emoción desbocada, a libertad sin límites, a aventura en estado puro, a grandes espacios, a territorio salvaje, a última frontera...
Nuestras andanzas por el extremo más meridional del continente americano comienzan en Ushuaia, para al cabo de un par de días adentrarnos en el Parque Nacional Tierra del Fuego y más tarde en las montañas que rodean la ciudad.
Nos movemos entre bosques subantárticos de cohíues y lengas a la vera del mar, y cordilleras que reciben los azotes de un viento surgido del mismísimo Polo Sur. No en vano, el clima se nos presenta de lo más impredecible: puede amanecer diluviando para que a medio día se imponga un cálido sol y rato después nos sorprenda una ventisca de nieve.
Llegar a Ushuaia ya ha supuesto todo un triunfo, pues nos hemos tragado un viaje de treinta y seis horas desde Buenos Aires a Río Gallegos y luego un vuelo muy movidito por la furia del céfiro hasta la capital fueguina. Era la manera que deseábamos alcanzar el llamado Fin del Mundo, con sabia paciencia, con miles de kilómetros de la Ruta 3 por delante, saboreando el monótono e interminable sur de Argentina sin prisas. Y la meta, el premio merecido, ha sido arribar a esa legendaria población nacida de un infrahumano presidio, a la ciudad más austral del planeta.
Todo lo que envuelve a Tierra del Fuego es mítico y se presta a la mejor literatura de viajes. Canal Beagle, Cordillera Darwin, Isla Navarino, Cabo de Hornos, Monte Olivia, Estrecho de Magallanes, Capitán Fitzroy, Paso del Hambre, los indios Onas... Cada nombre es sinónimo de coraje, de incertidumbre, de geografia difícil y peligrosa, de la historia escrita con letras mayúsculas, de tenacidad, sufrimiento y asombro por lo descubierto. Por eso hemos venido hasta aquí, para vivir una de las páginas más intensas de nuestra vida. Y lo hacemos metiéndonos de lleno en el corazón de la Naturaleza, allí donde todavía es posible sentirse vulnerable y a merced de un clima tan crudo como caprichoso.
Tierra del Fuego enriquece el espíritu y alimenta aún más las ansias de aventura. Y esta tierra, donde ya no crepita el fuego de unas tribus exterminadas para siempre, consigue que evoque al niño que fui, soñador e inquieto, mal estudiante porque las aulas me parecían más terribles que el viejo penal de Ushuaia.

martes, 22 de marzo de 2011

Ochenta


"La fama es un efluvio; la popularidad, un accidente; las riquezas, efímeras. Sólo una cosa perdura: el carácter."
(Horace Greely)

foto: Miau... (Alt Urgell)

Madeira










Mientras el avión perdía altura y se preparaba para las maniobras de aterrizaje, sobrevolábamos una estrecha franja de tierra rodeada de mar por tres de sus cuatro vertientes. La agreste Ponta de Sao Lourenço nos daba la bienvenida a Madeira con sus islotes volcánicos y acantilados de vértigo. Más allá aparecían las misteriosas Ilhas Desertas.
Desde Funchal a Caniçal se nos descubre una costa en exceso urbanizada, una sucesión de casitas de planta baja con tejas rojas, lo mismo a nivel del mar que montaña arriba. Viendo este paisaje alterado por la mano del hombre no es de extrañar los estragos que causó el terrible temporal del invierno pasado: sólo tres horas de intensa lluvia bastaron para llevarse la vida de más de cuarenta personas y que las aguas montadas en cólera destrozaran todo lo que encontraban a su paso.
El bus nos deposita en Baía d´Abra, allí donde la carretera finaliza, a cinco kilómetros de Caniçal. Unos pocos pasos y ya se nos despliega un majestuoso escenario marino capaz de estremecernos. A primera hora de la mañana unos nubarrones sombríos se ciernen sobre el cresterío de la península, el agitado mar adquiere unas sobrecogedoras tonalidades oscuras y un viento racheado y brusco nos recuerda nuestra insignificante pequeñez en esta abrupta tierra moldeada por la fuerza de los elementos. Más tarde, con la imposición de un sol abrasador y un cielo azul y diáfano, el paisaje es igual de salvaje pero ya dulcificado y más humano por la gracia de un dia benigno.
Caminamos sobre un brazo montañoso y pelado, sin árboles y de vegetación rala, donde al borde de los imponente acantilados crecen margaritas. Tan popular es este recorrido que en muchos tramos del sendero hay cables de seguridad incluso allí donde una caída no tiene mayores consecuencias. La trocha conduce directamente en varias ocasiones a unos puntos elevados sobre precipicios desde donde se obtienen unas vistas fantásticas. Ante nosotros se expande toda una suerte de farallones e islotes vertiginosos donde rompe un mar que nunca está del todo sereno.
Así es todo el camino, soberbio y muy fotogénico, digno de ser retenido en nuestras retinas por mucho tiempo. Llegamos a un lugar donde el itinerario se estrecha tanto que en ambos lados han tendido cables de acero para evitar posibles accidentes (aquí es acertada esta medida, pues la fuerza del viento puede jugar una mala pasada); se trata de una especie de largo puente rocoso de escasa amplitud. La Naturaleza muestra su obra más creativa; nadie como ella para esculpir con maestría y dedicación.
Son muchos los que finalizan la excursión bajo las contadas palmeras que rodean la Casa do Sardinha; una verdadera lástima, pues merece la pena subir a la doble cumbre del Pico do Furado para conseguir una magnífica panorámica de la Ilhéu do Farol -donde hay un faro-, la isla de Porto Santo y las Ilhas Desertas. ¡Qué pasaje! ¡Qué momentos únicos que se viven en esta península volcánica!

viernes, 4 de febrero de 2011

Setenta y nueve


"El más difícil no es el primer beso, sino el último."
(Paul Géraldy)

foto: un rincón único (La Seu d´Urgell)

jueves, 3 de febrero de 2011

Madeira (II)







Se dice de Funchal que es la ciudad de la eterna primavera, de las flores y de la buena gastronomía. Pese a que corresponde a un tópico publicitario, todo ello se acerca bastante a la realidad.
Bien es cierto que desembarcamos en Funchal en plena primavera, momento en que la flora se encuentra en su máxima expresión y la climatología -caprichosa ella-, se mantiene relativamente estable. La gastronomía es un tema distinto; estamos en Portugal y ello es sinónimo de buena mesa a precio razonable, siempre y cuando se elija el con acierto el lugar donde llenar el buche, ya que la capital de Madeira es eminentemente turística y por lo tanto cara en algunas ocasiones.
La ciudad se eleva colinas arriba donde con frecuencia se posan las brumas, mientras el mar azul y sosegado se ensancha hacia el horizonte. El bullicio se halla en el centro -como no podía ser de otra manera-, y también en el colorido Mercado dos Lavradores, pero luego, calles arriba, el desnivel es tan acusado que permite callejear casi en soledad.
Sin embargo, no hemos venido hasta la isla para perder días en la gran urbe, sino para adentrarnos en una espléndida Naturaleza de laurisilva y profundos barrancos, de serpenteantes levadas y valles escondidos, y algún que otro pueblito de pescadores como el de Câmara de Lobos, donde Winston Churchill solía venir a pintar a mediados del siglo pasado.
A las afueras de la capital -dejando a un lado la excesivamente urbanizada costa sur-, ya se abre todo un mundo de accidentadas vaguadas y densa vegetación. Hacia el interior el terreno gana considerable altitud, siendo una región de persistentes nieblas y vientos constantes, por lo que las temperaturas caen en picado. Ni qué decir que las vistas son de ensueño.
Toda una vastísima colección de natiguas levadas (canales de riego) -muchas de ellas no aptas para los que sufren vértigo-, forman una extensa red de espectaculares itinerarios para descubrir una isla hecha a medida para los amantes de la montaña.