miércoles, 3 de junio de 2015

Altos Tatras (II)

Cuando se piensa en Polonia suele venir a la imaginación un territorio eminentemente llano, sin apenas un relieve destacado, monótono podría decirse. En parte es cierto, sin embargo el sur del país, desde la frontera con la República Checa hasta el límite con Ucrania, es muy montañoso gracias a los Sudetes y los Altos Tatras. Este último macizo, perteneciente a la cordillera de los Cárpatos, es el motivo de nuestra visita.
   Para todo aquel que disfrute con los paisajes alpinos en un entorno no demasiado convencional, los Altos Tatras ofrecerán todo aquello que se espera de la alta montaña: cumbres escarpadas, bosques de coníferas, clima severo, grandes mamíferos, lagos por doquier, senderos vertiginosos... Las opciones de coronar cimas son muy nomerosas y, aunque las alturas son relativamente modestas, siempre habrá que estar muy atentos de la previsión meteorológica, ya que la zona queda muy influenciada por los frentes fríos provenientes de Siberia. 
   Una sola visita a la región queda corta, a menos que el interesado pase una larga estancia en el lugar. En nuestro caso, diez días sólo sirvieron para hacernos una pequeña idea de las muchas posibilidades que brinda uno de los parques nacionales más espectaculares de Polonia, motivo por el cual no descartamos un segundo viaje. Nunca se sabe.

lunes, 16 de marzo de 2015

Ciento diez

"La Naturaleza es el reino de la libertad".
(Alexander von Humboldt)

Foto: entre las nubes (Andorra)

Perú (I)

En más de una ocasión me habían dicho que si viajaba a Perú más me valdría obviar Lima y, si de todos modos decidía visitar la capital, mejor no alojarse en el centro por ser peligroso y feo. Así que hice todo lo contrario a lo que me habían aconsejado, porque sé que aquello que no despierta gran interés en el turista siempre esconde algo que vale la pena. En cuanto a la peligrosidad del centro de Lima, puedo afirmar que tuve la misma sensación de seguridad como en cualquier otra gran ciudad sudamericana: ningún problema y sí gente amable y dispuesta a ayudar a unos recién llegados como mi compañera y un servidor.
   Ya sé que Lima es gris y considerada por algunos una metrópoli triste debido a la garúa, esa lechosa neblina que se posa sobre la urbe durante buena parte del año. Pero merece la pena brindarle una oportunidad. La Plaza de Armas tiene nada menos que casi 20.000 metros cuadrados donde despuntan las palmeras y se expanden espacios verdes bien cuidados. En sus laterales se levantan la catedral y el palacio de Gobierno con su correspondiente y llamativo cambio de guardia. No pasan desapercibidos tampoco los coloridos edificios coloniales de galerías exteriores construidas en madera.
   No muy lejos de la Plaza de Armas sorprende el espectacular interior de la iglesia de la Merced, con una veintena de altares barrocos y renacentistas. Se aconseja, igualmente, bajar a las catacumbas repletas de huesos que hay bajo el monasterio de San Francisco. La plaza San Martín, la iglesia de Santo Domingo, las viviendas coloniales que aún quedan en pie, el edificio que albergaba la Inquisición, los museos arqueológicos y la rica gastronomía son otras de las razones por las que todo viaje a Perú tendría que incluir una escala en Lima.
     

miércoles, 14 de enero de 2015

Ciento nueve

"El afán de poder y de dominar es patrimonio de las mentes enfermas. Surge de un complejo de inferioridad".
(Rajneesh Chandra Mohan)

foto: estampa típica (Oporto)

Perú (I bis)

Llegamos a Arequipa, en el sur de Perú, a primera hora de la mañana tras viajar toda la noche en bus desde Lima. Partimos de una región desértica a orillas del mar y arribamos a un territorio igual de yermo y seco pero con la diferencia que ahora nos encontramos en las sierras interiores y rodeados por altivos volcanes que sobrepasan los cinco mil metros de altura.
   Nuestra intención era hacer una escala de un par de días en Arequipa y luego marchar a la zona del Titicaca, situada a mayor altitud, con la intención de aclimatarnos y luego dedicarnos a ascender los mencionados volcanes. Todo esto en la teoría, porque en la práctica, una vez que habíamos conseguido una perfecta aclimatación, los planes se nos irían al traste por el prolongado mal tiempo que día sí, día también, tuvimos que soportar debido a que la estación de lluvias se había avanzado contra todo pronóstico. Nuestro gozo en un pozo. Otra vez será...
   Pero ello no quita que la estancia en Arequipa fuese provechosa e interesante. La ciudad colonial gira en torno a la ajardinada plaza de Armas y la hermosa y monumental catedral del siglo XVII, en una sucesión de innumerables edificios barroco-mestizos de piedra blanca. El monasterio de Santa Catalina, ubicado en pleno casco antiguo, es una visita indispensable que no puede pasarse por alto. Allí se puede estar unas cuantas horas deambulando por las estancias que habían pertenecido a las monjas de clausura. El recinto tiene nada menos que 20.000 metros cuadrados, lo que ya da una idea de lo desproporcionado del lugar. De hecho, se trata de una especie de ciudadela con calles, patios, fuentes y claustros.
   Además del museo que alberga a la famosa momia Juanita, cuyos restos fueron encontrados en el nevado Ampato, a más de seis mil metros de altura, existen diferentes iglesias y casas de estilo barroco que nos harán retroceder en el tiempo. Arequipa, con su casco antiguo declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad, dejará un agradable recuerdo en todo viajero.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Ciento ocho

"Cuando alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle".
(Mahatma Gandhi)

foto: la fuerza del roble (Alt Urgell)

Perú (II)

Desde la península de Capachica accedemos a la isla de Taquile a bordo de un rudimentario bote, una cáscara de nuez en la inmensidad del Titicaca. El cielo es añil y la superficie del lago mansa como una balsa de aceite.
En la diminuta isla nos aguarda Alipio, el cabeza de familia que nos acogerá por unos días en su rudimentaria vivienda, unas modestas cabañas de adobe de equipamiento sencillo pero del todo acogedoras. La ubicación de esas casitas no puede ser más espectacular: en lo alto de una colina rodeados por tres cuartas partes de agua, como si de una estratégica atalaya se tratase. Las altas y blancas cumbres de Bolivia nos dan la bienvenida en lontananza.
Fernanda, la mujer de Alipio nos acoge tras una tímida sonrisa, al igual que Alex, el hijo adolescente de ambos. La vida en Taquile se nos antoja tan placentera que diríase que el tiempo se ha detenido. No hay vehículos porque no existen carreteras ni pistas; las vías de comunicación se reducen a antiguos caminos empedrados que se remontan a épocas preincaicas. Unas excursiones se suceden a otras, siempre teniendo como telón de fondo el vasto Titicaca.
Convivimos con esta familia quechua que tan bien nos ha acogido, ofreciéndonos lo poco que tienen, comiendo trucha del lago y deparando largas conversaciones entre mates de coca y muña. Las noches son increíblemente estrelladas, espectáculo que se atisba desde la taza del váter a cielo abierto.
Una madrugada nos sorprende con uno de los amaneceres más majestuosos que hayamos podido contemplar. Por el oeste retumba el trueno en los cielos montados en cólera, mientras la lluvia se desparrama sobre la acerada superficie del lago. Sin embargo, hacia el este el astro rey despunta incendiando el cielo. Inolvidable.
El día de la despedida Francisca me aferra ambas manos; su enjuta figura parece más frágil que de costumbre. Con vidriosa mirada me suplica que no nos olvidemos de su familia, que volvamos pronto. Le prometo que así lo haremos.
Volveremos.
Volveremos a esa isla de corazones nobles.