viernes, 8 de julio de 2011

Ochenta y tres


"No entiendo de economía, pero sé que cuando los neoyorquinos alimentan a las palomas de Central Park, las cosas van bien; cuando las palomas de Central Park alimentan a los neoyorquinos, como ahora, las cosas van mal."
(Groucho Marx)

foto: Oporto

Norte de Mallorca









Al poco de abandonar Palma ya nos sumergimos en un paisaje tapizado de verde y colmado de cítricos; en breve lapsus de tiempo pasamos de la jungla de asfalto al sosiego rural. El lento traqueteo de los vagones de madera seduce por lo insólito del viaje, no en vano disfrutamos de lo lindo a bordo de un ferrocarril que tiene sus orígenes en 1912. Inmejorable introducción a la Serra de Tramuntana.
El entorno se vuelve agreste, eminentemente montañoso pero sin abandonar el llano amable, muy verde, saturado de olivos, naranjos, limoneros y almendros. Abundan las masías y los pueblos en excelente estado de conservación: Sóller, Biniaraix, Fornalutx... Sin embargo, Puerto Sóller -adonde hemos llegado con un encantador y vetusto tranvía-, es nuestro campo base porque nos reconforta las quietas aguas de la bahía y porque el precio del alojamiento es de lo más tentador por tratarse de temporada baja.
Pese a que el mar acuna nuestros sueños y cada mañana nos despierta el suave rumor de las olas, preferimos estar la mayor parte del tiempo en lo alto de una sierra que se nos antoja tan increíblemente hermosa como injustamente desconocida por el turismo nacional. De hecho, la mayor parte de los montañeros con los que nos cruzamos son centroeuropeos, británicos, franceses y nórdicos. Y no son pocos a principios de marzo.
En las inmediaciones del embalse de Cúber se extienden unos parajes que nada tienen que ver con las clásicas imágenes que uno asocia a la playera Mallorca. Aquí reina el monte abrupto, el silencio y las nieblas, el frío viento del norte y los cañones profundos. Se trata, pues, de un terreno de juego idóneo para descubrir la esencia de una Naturaleza bien conservada, ejemplo de cómo puede convivir perfectamente el medio ambiente con el turismo sostenible.

lunes, 30 de mayo de 2011

Ochenta y dos


"Se puede confiar en las malas personas, no cmabian jamás."
(William Faulkner)

foto: fundiéndose con el cielo (Barcelona)

Norte de Mallorca (II)









Sin darnos cuenta nos hemos plantado en el ecuador del viaje y tememos que la segunda parte de éste pase tan rápido como la primera. Sabíamos de antemano que se trataría de un periplo sencillo y agradable pero, estúpidos de nosotros, jamás hubiéramos apostado a que el norte de Mallorca sería capaz de ofrecernos unas jornadas de lo más fascinantes e inolvidables. Nuevamente comprobamos que para realizar un viaje que haga vibrar, que llegue al corazón, no hace falta trasladarse al otro extremo del mundo.
Gracias a la fuerte presión ejercida durante años por los grupos ecologistas la zona norte de la isla se halla en buen estado de salud, tanto sus espectaculres paisajes como sus entrañables localidades. El premio a todo ello se traduce no sólo en un medio ambiente excelentemente conservado, sino en el incremento del turismo de calidad que genera riqueza durante todo el año, y la posibilidad de que la Serra de Tramuntana sea declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
La combinación de mar y montaña es perfecta para todo aquel que sienta verdadera devoción por la naturaleza. Un buen ejemplo es la excurisión que va desde Port de Sóller a Cala Deià, a la vera del sosegado Mediterráneo y por encima de pequeños acantilados donde finalizan densas pinedas, aunque también descubriremos la Mallorca profunda, la rural, la de los olivos, naranjos y almendros, esa misma que ha atraído a extranjeros acaudalados (pintores, escritores, actores...) hasta el punto de instalarse para siempre en Llucalcari, Deià o Valldemossa.
Y hablando de esta última población, célebre donde las haya, reducto de Chopin y nirvana particular del archiduque Luis Salvador (precursor del turismo en las Baleares), se trata de un magnífico punto de partida para situarnos en lo alto de la sierra calcárea por medio de abruptas crestas y miradores naturales que se alzan cuatrocientos metros en vertical sobre el mar. Las cumbres de Talaia Vella, Pouet, Puig Gros o del Teix son de visita obligada para acabar de convencernos de que el paraíso puede encontrarse a las puertas de casa.

martes, 5 de abril de 2011

Ochenta y uno


"Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad."
(Julio Verne)

foto: Noto (Sicilia)

Tierra del Fuego







El mero hecho de pronunciar Tierra del Fuego ya produce un hormigueo de pies a cabeza. Tierra del Fuego equivale a emoción desbocada, a libertad sin límites, a aventura en estado puro, a grandes espacios, a territorio salvaje, a última frontera...
Nuestras andanzas por el extremo más meridional del continente americano comienzan en Ushuaia, para al cabo de un par de días adentrarnos en el Parque Nacional Tierra del Fuego y más tarde en las montañas que rodean la ciudad.
Nos movemos entre bosques subantárticos de cohíues y lengas a la vera del mar, y cordilleras que reciben los azotes de un viento surgido del mismísimo Polo Sur. No en vano, el clima se nos presenta de lo más impredecible: puede amanecer diluviando para que a medio día se imponga un cálido sol y rato después nos sorprenda una ventisca de nieve.
Llegar a Ushuaia ya ha supuesto todo un triunfo, pues nos hemos tragado un viaje de treinta y seis horas desde Buenos Aires a Río Gallegos y luego un vuelo muy movidito por la furia del céfiro hasta la capital fueguina. Era la manera que deseábamos alcanzar el llamado Fin del Mundo, con sabia paciencia, con miles de kilómetros de la Ruta 3 por delante, saboreando el monótono e interminable sur de Argentina sin prisas. Y la meta, el premio merecido, ha sido arribar a esa legendaria población nacida de un infrahumano presidio, a la ciudad más austral del planeta.
Todo lo que envuelve a Tierra del Fuego es mítico y se presta a la mejor literatura de viajes. Canal Beagle, Cordillera Darwin, Isla Navarino, Cabo de Hornos, Monte Olivia, Estrecho de Magallanes, Capitán Fitzroy, Paso del Hambre, los indios Onas... Cada nombre es sinónimo de coraje, de incertidumbre, de geografia difícil y peligrosa, de la historia escrita con letras mayúsculas, de tenacidad, sufrimiento y asombro por lo descubierto. Por eso hemos venido hasta aquí, para vivir una de las páginas más intensas de nuestra vida. Y lo hacemos metiéndonos de lleno en el corazón de la Naturaleza, allí donde todavía es posible sentirse vulnerable y a merced de un clima tan crudo como caprichoso.
Tierra del Fuego enriquece el espíritu y alimenta aún más las ansias de aventura. Y esta tierra, donde ya no crepita el fuego de unas tribus exterminadas para siempre, consigue que evoque al niño que fui, soñador e inquieto, mal estudiante porque las aulas me parecían más terribles que el viejo penal de Ushuaia.

martes, 22 de marzo de 2011

Ochenta


"La fama es un efluvio; la popularidad, un accidente; las riquezas, efímeras. Sólo una cosa perdura: el carácter."
(Horace Greely)

foto: Miau... (Alt Urgell)